Maldita Madrugada, Bendita Tarde

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Escrito por Sergio Cuho

“El sentirse fuerte y seguro de lo que uno quiere y desea no es más que la señal de alerta de que algo está a punto de ocurrir”

Después de una muy mala experiencia en Marzo de 2021, donde terminé en el hospital con un brote psicótico como nunca había tenido, decidí que las drogas y yo habíamos terminado, si no totalmente, al menos de la manera en que lo estaba haciendo hasta aquel momento. Opté por lo que todos hacemos cuando nos pasan estas cosas, borrarnos las aplicaciones y eliminar cualquier contacto de nuestro teléfono móvil. ¿Sirve para algo? Desde mi punto de vista absolutamente NO, ya que si lo quieres lo vas a encontrar sin mucho trabajo. 

La adicción a las drogas es igual a cuando dejas una relación tóxica con tu novio. Él te deja y tú dices que ya lo has superado, pero no es verdad porque lo sigues queriendo, aunque sabes que te hace mal, pero lo quieres porque crees que no hay otra forma de vida. Pues a mi me pasaba un poco lo mismo. Mi cabeza se empeñaba en decir que ya estaba recuperado pero mi corazón decía que si lo tenía delante iba a caer en medio segundo. Y así fue.

Era una madrugada calurosa de Julio. Como cada día me levanté a las 5 de la mañana para ir al gimnasio. Aquel día, aunque estuviera de vacaciones, hice lo mismo, con la diferencia que al levantarme me dio tanta pereza moverme de la cama que me quedé tumbado un rato mirando el móvil (redes sociales y demás). 

De repente vi un anuncio de Scruff en una de las stories de Instagram y me dije “¿Porque no me bajo de nuevo la app e intento gestionarla de otra manera?”.

Ahí estaba yo, fuerte, decidido e INDESTRUCTIBLE bajándome la app 3 segundos después de ver el anuncio. 

Al descargarla y entrar con mi usuario, que nunca borré, me comenzó a escribir un chico al cual ya conocía de tiempos atrás y había quedado, pero no había hecho uso con él de ninguna droga. 

Me propuso que nos viéramos en un rato, yo le dije que por mi sí, que me apetecía. Me comentó que venía de estar toda la noche sin dormir (obviamente sabía que sí estaría tomando alguna sustancia ya que a base de bebidas energéticas no aguantas tanto rato). Así que en vez de irme al gym me fui a la boca del lobo encantado de la vida, sabiendo que el drama estaba llamando a mi puerta y yo no le estaba haciendo caso.

Cogimos un taxi y nos fuimos a una ciudad cercana a Barcelona a la tienda donde el chico trabajaba, que la tenía cerrada en ese momento. Era una tienda esotérica llena de duendes gigantes, cartas del tarot y piedras con “poderes”. La cosa no pintaba nada bien así de primeras porque follar delante de esos “personajes” ya me estaba dando algo de mal rollo, pero una vez más, en vez de decir “me voy“ me quedé allí como un buen perro que su dueño le dice “no te muevas de aquí”. 

La cosa transcurría sin más hasta que me dijo que últimamente se estaba inyectando y que era brutal. Me preguntó si lo había hecho alguna vez, yo le asentí con la mirada y me dijo que si nos hacíamos uno. 

En ese momento mi mente se fue atrás, al 8 de marzo de 2021 cuando un tío, sin consentimiento, me inyectó y terminé en el hospital (obviamente no era la primera vez que me hacía un slam pero sí la primera vez que alguien aprovechó mi aturdimiento para hacerlo sin que yo le diera mi aprobación). ¿Qué pasó para no decir que no?, ¿Qué fue lo que me hizo decir que sí? La puta necesidad de aprobación por el que tenía enfrente, la necesidad de ser aceptado por un tío que me gustaba muchísimo. 

Me senté en la silla y él procedió a pincharme. Recuerdo la cara que tenía de satisfacción cuando lo hacía y en cambio mi mente comenzaba a decirme que no iba a ir bien, que aquello era volver a la casilla de inició y que no iba a tener buen fin.

Así fue.

Media hora después de estar follando con él me comenzó a dar mi famoso brote psicótico sobre que me iba a morir ya que comencé a notar hormigueo en la cara, en los brazos, en todas las partes de mi cuerpo y sentía que el corazón me iba a tres mil. El chico que estaba conmigo se portó fatal, pero ahora con el tiempo también lo llego a entender. Quedar con alguien y en vez de follar te está dando el día pues tampoco debe ser muy emocionante ni gratificante. Aunque, drogado o no, la gente tiene que ser persona, ante todo.

Resumiendo, mucho, me pase 3 horas encerrado en aquel lugar lleno de elfos, duendes y olores a incienso mientras él sólo quería que me fuera de allí porque quería traerse a otro y ya llevaba tiempo esperando.

Obviamente yo también quería irme de allí porque me sentía sumamente mal en aquellas circunstancias, pero no me veía capaz de ponerme de pie porque sentía que me moría. 

La ansiedad se adueñó de mí y no sabía a quién llamar. Si llamaba a la ambulancia, era ya la cuarta vez que pedía un servicio de urgencias por la misma razón y tener que explicarlo de nuevo era muy vergonzoso para mí. Llamar a mis compañeros de piso era una muy buena idea, pero luego iba a tener que aguantar el comentario de “con lo bien que lo estabas haciendo y lo has vuelto hacer, etc.” y no los culpo en hacerlo, pero quizás no era lo que necesitaba en aquel momento.

Así que al final se me encendió la luz y les llamé a ellos, a tres amigos que sabía que iban a ir a buscarme y que sabían lo que es este proceso de altos y bajos. Pero antes necesitaba mi teléfono que previamente el chico con el que estaba me había quitado porque creía que estaba montando el numerito para irme y poder follar con otro, pero a la vez quería que me fuera para que él pudiera follar también con otro, algo muy complejo.

A la sexta vez de pedirle por favor que me acercara el teléfono que iba a llamar a mis amigos para que vinieran a buscarme, lo primero que me dijo fue “¿Vas a llamarlos y decirles que te has vuelto a drogar, después de tanto tiempo sin hacerlo? ¿No te da vergüenza? ¿No te da miedo decepcionarlos? Van a pasar de ti”. Le miré a la cara, me levanté como pude y pillé mi móvil que estaba con la batería muy baja y escribí en el grupo que tengo con ellos “Necesito vuestra ayuda. Estoy con un chico y me he pinchado con él y creo que me está dando un chungo y quiero irme a mi casa”. El problema era que con la tensión que estaba viviendo me quedé sin voz y no podía ni articular palabra.

Esto no sé si mis amigos lo vivieron así, pero yo lo viví como un rescate, viendo como ellos tres se coordinaban para ver qué hacía cada uno y quién venía a “liberarme de las fuerzas del mal”.

Uno de mis amigos, que fue el que vino a buscarme en coche, se hizo 10km en coche en un tiempo récord y cuando le vi la cara, fue como ver a DIOS. 

Me monté en el coche y me alejé de aquel lugar.

Poco después nos fuimos a casa de otro de mis amigos y allí pasamos la tarde, llorando, riendo y recuperándome de lo que había pasado. 

Esta historia va de tropezarse en el camino, de darte cuenta de que no todo es tan sencillo como parece y que hay que seguir trabajando día a día para poder seguir con tu objetivo.

Pero también os cuento esta historia para que tendáis lazos de amistad con la gente, que los amigos son una parte muy importante para seguir siempre adelante, tenerlos sin que te juzguen, sin preguntar preguntas  innecesarias, sintiendo el calor en cada minuto.

Yo aquel día me di cuenta de varias cosas:

Una de ellas es que no soy tan indestructible como creo y que voy a tener que estar alerta toda mi vida para no volver a caer en el círculo sin fin de drogarme cada fin de semana.

La otra cosa es que creo que me cuesta mucho menos identificar lo que me pasa y lo que me lleva a hacerlo, así que ahora cuando noto que algo va a pasar he creado nuevas técnicas que están dando sus frutos. 

Pero la cosa más importante de la que me di cuenta es de la suerte que tengo, de que tener a estas tres personas aquel día me salvó de no volver al círculo vicioso de años anteriores y que me hizo reflexionar y pensar en lo afortunado que soy.

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