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Tengo que ser honesto: al principio disfrutaba. No voy a contar una versión falsa de mi historia diciendo que todo fue horrible desde el primer día, porque no sería verdad. Al principio hubo placer, deseo, morbo, sensación de libertad y una intensidad que parecía imposible de encontrar en una vida normal. Había algo en todo aquello que me hacía sentir más atrevido, más deseado, más desinhibido, como si por unas horas pudiera apagar la vergüenza, la ansiedad, los complejos y esa parte de mí que tantas veces se había sentido insuficiente. Tenerife, Ibiza, los Pirineos, tríos, parejas, orgías, habitaciones, viajes, cuerpos, mensajes, planes que empezaban casi como una aventura y terminaban convirtiéndose en una forma de desaparecer de mí mismo sin darme cuenta.
Probé tina, mefedrona, cocaína, GHB, tusi, MDMA, éxtasis, ketamina, setas y LSD, y cada sustancia parecía abrir una puerta distinta: unas me daban energía, otras me quitaban el miedo, otras me desinhibían, otras me llevaban a un lugar mental donde todo parecía más intenso, más sexual, más libre. En esos momentos yo no pensaba que estuviera cayendo en nada oscuro; pensaba que estaba viviendo, que estaba experimentando, que estaba disfrutando de mi sexualidad sin límites, sin pudor y sin culpa. Y ahí está precisamente la trampa, porque el chemsex no siempre empieza con una cara fea, no siempre aparece como una amenaza evidente; a veces empieza como una promesa brillante, como una fiesta, como una fantasía cumplida, como una sensación de poder sobre tu cuerpo y sobre tu deseo. Continuar leyendo «Chemsex: al principio disfrutaba, y precisamente por eso fue tan peligroso»

