Mama, todo va bien

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No pensaba que algún día haría algo que me requiriera tal introspección, ni que te hablaría de este asunto, pero lo necesito, y creo que eres la persona a la que quiero dirigirme, aunque no pueda hacerlo cara a cara porque sé que pensarías que has hecho algo malo, que no lo supiste ver y te sentirías una mala madre sin decirmelo, porque romperías a llorar. 

Estoy sentado ahora en el sofá, escribiendo esto, y el viento sopla fuera en todas direcciones con violencia. Aunque sea a sólo unos metros de mí, es como que me da igual. Lo siento muy lejano, como si fuera una realidad paralela. En sintonía con todo lo que me envuelve fuera de estas cuatro paredes. 

Desde hace un tiempo, y esto lo has percibido aunque no supieras el motivo, mi presencia en tu vida y en la del resto de las personas a las que quiero, y que me quieren, se ha vuelto un simple recuerdo de antaño. Se hace difícil hablar (¡Antes parecía tan simple!) con amigos o con familia, porque siempre aparece la fatídica pregunta. ¿Cómo estás? O algunas que enfocan más aún hacia la oscuridad a la que se le manda un rayo de luz que nunca devuelve un reflejo. ¿Qué has estado haciendo estos días? Y pinto mi móvil de vantablack. Ya responderé al WhatsApp más tarde, algo se me ocurrirá. Enviaré alguna gilipollez para desviar la atención. Y esa se convierte en mi rutina, incluso parece que tenga un mensaje predeterminado, /patadaadelanteamisproblemas. Intro.

Me aterroriza el hecho de pensar que algún día te haré llorar de verdad, si no es que lo he hecho ya. Si llegará el momento en que ya no podré contestar ese mensaje. Obvio que ya no descuelgo las llamadas. Con los sustos que he tenido, y que no consigo evitar, me viene a la mente la idea de que ya he pasado esa línea roja, que el no-retorno es hoy. Con el cuerpo molido y la cabeza en rendimiento básico, en este estado de bajón en que tienes que afrontar la vuelta a la “normalidad”, si es que eso ha existido en mí en los últimos años, me pregunto si tendrás que decir adiós a ese recuerdo del yo previo a toda esta vorágine para siempre, y si sólo quedará una carcasa vacía a la que llamar por mi nombre, como si yo estuviera ahí.

Cuán difícil es ver el abismo y no alcanzar las presas donde agarrarse. A veces pienso que hubiera valido más la pena no iniciar el camino y así no tropezar con los obstáculos que te va poniendo. 

Veo la bolsa vacía en la mesa. La humanizo como si pudiera entablar una conversación racional con mis demonios. Les pongo cara. Me escupen. Me abrazan prometiéndome el nirvana, placer, hedonismo y un poco de cariño, si se alinean los astros. Luego me sueltan destrozado. Les pregunto si algún día me dejarán ir de verdad, como si estuviera en sus manos y no en las mías. Lo está? Tengo en mis manos la posibilidad de salir de esta espiral? Me gustaría acurrucarme contigo en el sofá y liberarme de esa losa que pesa, pesa mucho y no consigo romper. Que alguien tomara las riendas por mí. Pero esa no es una opción. No con este tema. No en este contexto. 

Sigue soplando el viento, percute la ventana que dejé entreabierta por accidente. Lo percibo y es un baño de realidad. Aún está ahí, me grita golpe tras golpe que aunque dentro de mi cabeza estemos lejos, formamos parte de un todo. ¿Tanta importancia tiene mi prisión? ¿Tan poca importancia tiene todo lo demás?

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