DIECISIETE: Y llegó la ostia

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Aquella mañana de febrero me desperté de un pequeño KO técnico no previsto durante la noche anterior en casa. Después de desayunar volví a mi habitación y cuando ya hice la cama abrí el portátil de nuevo para usar Zoom. En ese momento vi que casi no me quedaba tina. Así que cogí la mochila y me fui para casa de mi camello.

Además, necesitaba tener tina por que aquel día era miércoles. Rara vez me saltaba el ir las tardes de los miércoles a la sauna Tuset porque era el día de los XXL.

Cuando llegué allí, noté que pasaba algo raro. Había bastante gente en el vestíbulo, como si fuera una reunión de vecinos. Aquello me olió raro, y decidí que mejor que picar al piso, diera un paso hacia atrás. Y me fui, llamando de paso a mi camello para saber si todo iba bien. Y justo antes de que él me cogiera el teléfono, alguien me cogió del hombro. Esa persona me dijo “soy Mosso d’Esquadra, por favor, párate y acompáñame”.

Eso me hizo quedarme de piedra. En mi cabeza, lo único que sonaba era la voz de mi padre diciendo “te lo dije, te has jodido la vida por hacer el gilipollas, y encima con la policía”.

Me llevaron hasta una esquina cerca de la casa. En medio de la calle, aparecieron de la nada 4 mossos más. Me pidieron mi identificación y sacar todo lo que llevaba en mi mochila. La suerte es que, en aquel momento, mi neceser estaba casi vacío, con pocas drogas y mi portátil.

Y de esa forma, poco a poco, me iban matando de vergüenza en medio de la calle. Veía cómo la gente se quedaba mirando, cuchicheando y señalando, en medio de una calle de un barrio que no era el mío (menos mal).

El momento de estar sentado, sin nada en los bolsillos, con toda esa gente pululeando, con la policía dando vueltas por delante y por detrás mío, me hacía que cada vez me pusiera más nervioso, hasta que ya llegó un momento en que me puse a llorar, entrándome hipo. En ese momento, le pregunté a uno de los mossos si podía ir a comprarme una botella de agua, que en mi monedero había dinero. Y así lo hizo, con la pequeña reseña de “Me la han cobrado a 50 céntimos por estar haciendo trabajos sociales por el barrio” y me hizo como una sonrisa medio sarcástica.

Hasta que llegó el coche que me llevaría hasta los calabozos, estuve allí en medio de la calle más de una hora. Durante este rato me hicieron preguntas como que si era consciente de que estaba destrozándome la vida con lo que estaba haciendo. Pero también me hizo una pregunta por la que me quedé helado.

El policía (el que me pareció el más sexy de todos, y luego me enteré de que era el jefe de aquel equipo) me preguntó que si de verdad la gente como yo (supongo que se refería a los gays, y no a la gente que le gusta el chemsex) realmente llegaba a meterse todos aquellos juguetes de látex que tenía mi camello allí en su casa. Y es que mi camello tenía una extensa colección de dildos y plugs, de todos los tamaños y formas y grosores que os pudierais imaginar.

Lo primero fue soltar una carcajada sólo con verle la cara. Eso hizo que me relajara un poco. Pero después le dije que muchos de aquellos monstruos, muy pocos eran los agraciados que lo lograban. Además tenía que entender que, con las fiestas que a veces se montaban en esa casa muchos necesitaban algo más que un rabo natural para meterse y empezar a notar algo. El tío se quedó de piedra ante mi respuesta, aunque a continuación me dijo un “¿y tú? ¿has usado alguno de esos?” y yo le negué con la cabeza diciéndole que a mí sólo me gusta meterme las de verdad y no las de plástico.

En cuanto llegó el coche, me leyeron mis derechos y preguntaron si los entendía, me esposaron para entrar dentro. Cuando ya estuve en él, vi que las cosas iban cada vez más en serio. Veía que llegaba la hora de que tendría que ir a calabozo. Y lo único que se me pasó por la cabeza fue decirles que si tenía que pasar una noche en el calabozo, necesitaría mis pastillas del VIH, un tratamiento que tengo que tomar a diario.

Con esa idea, pensé que ganaba tiempo, aunque no sé para qué. No hubiera pasado nada si aquella noche no me tomara mis pastillas. Pero solo la idea de saber que tenía que estar en el calabozo me horrorizaba e intentaba retrasar lo inevitable.

Pero cómo iba yo a saber que una vez en el hospital, no iba a esperar dentro del coche o en alguna salita, aunque fuera con los grilletes. Me metieron en un calabozo, en la zona del parking, por donde salen las ambulancias. Un lugar que, aunque blanco, era frío como el hielo, desolador y muy luminoso e hizo meterme en la cabeza que ya todo eso era realidad. Entonces me desperté del poco colocón que me quedaba ya con una sórdida ostia en mi cabeza. Y en ese momento, lloré. Lloré como nunca lo había hecho, aunque fue casi de forma silenciosa.

A pesar de todo esto que estaba pasando, aún faltaban más ostias. Al salir de ese calabozo con olor a desinfectante, me llevaron con las manos atadas y a la vista de todos. Pasamos por la entrada de urgencias del subterráneo donde hacen el cribaje. Subimos a la planta 0, por la parte principal hasta llegar al departamento de enfermedades infecciosas. Allí esperé a mi doctora. Me trató de una forma muy amable y me hizo tranquilizarme, al igual que la enfermera que estuvo todo el rato al lado mío.

Ya por fin, con mi medicación en manos de los mossos, volvimos hasta el coche, camino hacia la comisaría y sus malditos calabozos. De esta forma, logré escabullirme un par de horas de ese lugar, ya que llegué cerca de las 4 de la tarde.

Cuando llegamos a la comisaría, no sé cuánto tiempo estuve dentro del coche esperando. Metido en aquel coche, parecía que el tiempo se ralentizaba. Y cuando ya me sacaron, me pasaron a una sala en la que dos mossos me pidieron que me quitara toda la ropa salvo los calzoncillos. Cabe destacar dos cosas:

    1. Gracias a Dios, aquel día decidí ponérmelos, aunque con la ironía que en la parte de atrás pone un “who’s afraid of a dick”.
    2. Aunque parezca el principio de una de tantas películas pornos, por desgracia no lo fue. 

Y de esa forma, cada pieza de ropa que me quitaba, ellos la registraban. Aquello me hizo recordar la noche del chico de la Ronda Sant Antoni y el cómo él también me fue registrando prenda por prenda. Y en ambos casos, incluso, cuando tocó el turno de los zapatos, también sacaron las plantillas de dentro y revisaron todo el botín que llevaba.

Cuando ya parecía que me podría empezar a vestir de nuevo, se pusieron dos policías, uno a cada lado. Cogieron el elástico de mi calzoncillo y miraron que no llevara nada escondido dentro, ni por delante ni por detrás. En ese momento me reí porque hubiera sido genial que hubiera llevado el cockring y que tuvieran que pedirme que me lo quitara. Tendría que decirles que para eso, necesitaría una llave allen de la mochila o que me hubiera puesto cachondo en ese momento casi erótico.

Una vez me hicieron vestir, me pusieron en un pasillo, abrieron una salita pequeña de donde tuve que pillar una manta y una colchoneta. Después me metieron en un calabozo bastante grande en el que estuve totalmente solo. Y allí me tumbé, al lado de la reja que daba al pasillo, y me quedé dormido hasta que fue la hora de la cena, un bocata de tortilla con un vaso de agua y mi pastilla. Justo en ese momento, cuando repartían la cena, entraron a otro tío, que se fue justo al otro lado del calabozo.

Continué durmiendo hasta que me despertaron a vete a saber qué hora. Entonces nos sacaron a ambos de allí y nos llevaron a una sala. Nos tomaron las huellas dactilares y después nos hicieron las fotos cual película de Hollywood, de frente y de perfil.

A parte, también preguntaron si llevaba algún tatuaje, por lo que me tuve que quitar la camiseta para que les hicieran fotos a los dos tatuajes que tengo hechos. Y nuevamente al calabozo, donde seguí durmiendo. Pasadas unas horas, me volvieron a despertar, en este caso, para cambiarme a una celda bastante más pequeña, maloliente y con dos chicos. En ese momento, sí que no logré volver a dormirme, estando despierto hasta que me llevaron frente al mosso que me detuvo en plena calle para hacerme el interrogatorio.

El interrogatorio fue largo, con preguntas por doquier y yo respondiéndolas cómo podía, nervioso e incluso alguna vez derramando alguna lágrima. No lo hice para dar lástima a ellos, sino porque me estaba viendo a mí mismo. Pensaba que todo lo que he tenido en mi vida lo podría haber perdido casi todo por unos buenos ratos de diversión y colocón con gente. Además, toda esa gente, desde ese momento, estaba ya desapareciendo de mi lado.

Tanto el mosso como la abogada de oficio, los dos me preguntaron en distintos momentos lo mismo. Si no me daba cuenta que con el estilo de vida que llevaba me había y estaba cargando todo lo que mi familia y yo mismo había logrado con mis años estudiando y trabajando.

Una vez ya se terminó todo, volví de nuevo a la celda grande, solo. Al poco tiempo me dieron de nuevo mi ropa y mochila (donde, como era de suponer, faltaba casi todo menos el portátil) y me dejaron libre. Con lo que subí la rampa del parking de la comisaría y me fui para casa, cogiendo un taxi. Al llegar, menos mal, no había nadie salvo mi cachorrillo. Me recibió con alegría y, cuando me tumbé en el sofá medio llorando, se acurrucó al lado mío. En breve llegaron mis padres, y mi madre me dijo que porque no le había contestado a los mensajes, pero no me dijo nada más en mucho rato. Supongo que me vio bastante mal y no quiso hacerme sentirme peor.

En toda aquella noche pensé muchas veces en si les llamaba o no para decirles donde estaba. Me daban la posibilidad de llamar una vez para que alguien supiera donde estaba, pero siempre acababa respondiéndome a mí mismo que era peor el remedio que la enfermedad. Ya estaban, por desgracia, acostumbrados a que desapareciera toda una noche sin noticias.

Y de esa forma, gracias a esa ostia que me llevé un miércoles por la mañana de febrero, logré darme cuenta de que necesitaba dejar de alguna forma todo lo que envuelve a las drogas. Desde entonces voy dando pasitos, uno detrás de otro, para llegar a la meta final.

 

2 respuestas a «DIECISIETE: Y llegó la ostia»

  1. Que duro lo que cuentas pero la ostia te sirvió para darte cuenta, bendita ostia!
    Los pasitos que dices al final se convertirán en zancadas y estoy seguro que conseguirás tu objetivo. Felicidades por tu valentía y gracias por contarlo.

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