![]()
Tengo que ser honesto: al principio disfrutaba. No voy a contar una versión falsa de mi historia diciendo que todo fue horrible desde el primer día, porque no sería verdad. Al principio hubo placer, deseo, morbo, sensación de libertad y una intensidad que parecía imposible de encontrar en una vida normal. Había algo en todo aquello que me hacía sentir más atrevido, más deseado, más desinhibido, como si por unas horas pudiera apagar la vergüenza, la ansiedad, los complejos y esa parte de mí que tantas veces se había sentido insuficiente. Tenerife, Ibiza, los Pirineos, tríos, parejas, orgías, habitaciones, viajes, cuerpos, mensajes, planes que empezaban casi como una aventura y terminaban convirtiéndose en una forma de desaparecer de mí mismo sin darme cuenta.
Probé tina, mefedrona, cocaína, GHB, tusi, MDMA, éxtasis, ketamina, setas y LSD, y cada sustancia parecía abrir una puerta distinta: unas me daban energía, otras me quitaban el miedo, otras me desinhibían, otras me llevaban a un lugar mental donde todo parecía más intenso, más sexual, más libre. En esos momentos yo no pensaba que estuviera cayendo en nada oscuro; pensaba que estaba viviendo, que estaba experimentando, que estaba disfrutando de mi sexualidad sin límites, sin pudor y sin culpa. Y ahí está precisamente la trampa, porque el chemsex no siempre empieza con una cara fea, no siempre aparece como una amenaza evidente; a veces empieza como una promesa brillante, como una fiesta, como una fantasía cumplida, como una sensación de poder sobre tu cuerpo y sobre tu deseo.
Pero poco a poco algo empezó a cambiar. Lo que al principio era placer empezó a convertirse en necesidad, lo que parecía libertad empezó a parecerse demasiado a una rutina, y lo que yo llamaba elección empezó a tener mucho de impulso. Ya no buscaba solo sexo, buscaba volver a ese estado mental donde todo era más fácil, donde no tenía que pensar, donde no tenía que enfrentarme a mí mismo, donde el deseo tapaba el vacío y la química silenciaba cualquier emoción incómoda. Cambiaban los lugares, cambiaban las personas, cambiaban las sustancias, pero el mecanismo era siempre el mismo: subir, consumir, follar, aguantar, seguir, no dormir, no parar, bajar, sentir culpa, prometerme que no volvería a pasar y, aun así, volver.
Con el tiempo, mi cuerpo empezó a pasarme factura. Llegó un punto en el que tenía que tirar de Viagra de 100 mg, no como algo puntual o anecdótico, sino como parte de una dinámica que ya se había vuelto demasiado oscura. Muchas pastillas, demasiadas, usadas para obligar a mi cuerpo a responder cuando mi cuerpo ya estaba diciendo basta. Eso, visto ahora, me impresiona y me asusta, porque no era simplemente una ayuda para tener sexo; era una señal brutal de que algo estaba roto. Mi cuerpo estaba cansado, mi cabeza estaba alterada, mi corazón iba por libre y aun así yo seguía intentando rendir, aguantar, no fallar, no bajarme de esa montaña rusa química que cada vez exigía más. Había sustancias para subir, sustancias para soltarme, sustancias para evadirme, sustancias para aguantar, sustancias para follar, sustancias para no pensar y sustancias para no sentir, como si yo fuera una máquina a la que se le podían seguir metiendo químicos para que no se apagara.
Pero yo no era una máquina. Era una persona reventándose por dentro.
Lo más duro es que durante mucho tiempo no lo vi así. Lo normalizaba, lo justificaba, me decía que era parte del ambiente, parte del juego, parte de esa vida sexual intensa que supuestamente había elegido. Me repetía que controlaba, que era una etapa, que podía parar cuando quisiera, que había gente peor, que no era para tanto. Pero cuando necesitas repetirte tantas veces que controlas algo, probablemente hace tiempo que has dejado de controlarlo. Y yo había dejado de controlar. Había momentos en los que estaba rodeado de gente y me sentía absolutamente solo, momentos en los que podía estar en una orgía y sentir que nadie me estaba tocando de verdad, momentos en los que podía tener sexo durante horas y acabar con un vacío tan grande que parecía que todo aquello no había llenado nada, sino que había abierto un agujero más profundo.
El chemsex puede estar lleno de cuerpos y, aun así, ser una experiencia profundamente solitaria. Hay piel, hay deseo, hay morbo, hay contacto físico, pero muchas veces no hay presencia, no hay intimidad real, no hay cuidado, no hay verdad. Hay una especie de pacto silencioso para no mirar demasiado lo que está pasando, para no preguntarse si uno está ahí porque quiere o porque ya no sabe cómo salir. Y yo no quería mirar, porque si miraba tenía que reconocer que aquello se me estaba yendo de las manos, que ya no era solo sexo, que ya no era solo fiesta, que ya no era solo experimentar, sino una forma de dependencia, una manera de anestesiarme, una forma muy sofisticada de hacerme daño mientras lo llamaba placer.
El bajón era terrible. No era solo físico, era mental, emocional y moral. Era volver a mi vida después de haberme abandonado durante horas o días, era notar el cuerpo destrozado, la cabeza acelerada, la ansiedad disparada y una culpa que se metía en todos los rincones. Era mirarme por dentro y pensar: “¿Qué estoy haciendo?”. Y aun así, una parte de mí quería repetir. Eso es lo que más miedo da, porque no repetía porque estuviera feliz ni porque aquello me hiciera bien, repetía porque mi cabeza había aprendido a confundir intensidad con vida, caos con deseo, destrucción con placer. Cuando llevas tiempo huyendo de ti mismo, cualquier cosa que te anestesie puede parecer una solución, aunque en realidad te esté hundiendo más.
Yo era enfermero. Sabía de salud, de riesgos, de cuerpo, de consecuencias. Sabía que mezclar drogas, sexo, falta de sueño, ansiedad, impulsividad y pérdida de control podía tener un precio muy alto. Lo sabía perfectamente, y aun así seguí, porque saber no siempre te salva. A veces puedes entender el peligro y estar igualmente atrapado. A veces puedes cuidar de otros y no saber cuidarte a ti. A veces puedes tener formación sanitaria y tener la vida hecha una puta ruina por dentro.
Llegó un momento en el que ya no pude maquillar más la realidad. Aquello no era libertad sexual, no para mí, no en ese punto. Era dependencia, era autodestrucción, era una forma de desaparecer usando el sexo y las drogas como excusa. Tuve que dejarlo, y no fue bonito ni épico ni fácil. No fue levantarme un día lleno de fuerza y decir “hasta aquí” como si fuera una película. Fue mucho más duro, más incómodo y más real. Fue aceptar que necesitaba ayuda, que no bastaba con prometerme otra vez que lo controlaría, que no bastaba con borrar contactos, cambiar de ambiente o jurarme que esa había sido la última vez.
Tuve que pasar por un centro de recuperación, y decir eso todavía pesa. Porque entrar en recuperación no es solo dejar una sustancia ni cortar con una dinámica concreta; es quedarte sin la anestesia y enfrentarte a todo lo que intentabas tapar con ella. Es mirar de frente la ansiedad, la vergüenza, la soledad, la necesidad de validación, la relación enferma con el sexo y esa idea tan peligrosa de que tenía que rendir, gustar, aguantar y ser deseado para sentir que valía algo. La recuperación duele porque te devuelve a ti mismo, y cuando llevas mucho tiempo huyendo de ti, volver puede dar auténtico pánico.
Al principio la calma no se siente como paz, se siente como vacío. La vida sin químicos puede parecer aburrida, pequeña, demasiado silenciosa, como si faltara algo, como si el deseo real no fuera suficiente después de haber vivido durante tanto tiempo en una intensidad artificial. Pero eso también forma parte de la mentira que deja el chemsex: te hace creer que lo sano es poco, que lo normal no basta, que el sexo sin sustancias es menos, que la intimidad real no tiene fuerza. Poco a poco entendí que no necesitaba más droga, necesitaba ayuda; no necesitaba más cuerpos, necesitaba presencia; no necesitaba más intensidad, necesitaba aprender a estar en calma sin sentir que me estaba muriendo por dentro.
No escribo esto para juzgar a nadie ni desde una superioridad falsa. Lo escribo porque yo estuve ahí, porque al principio disfruté, porque me sedujo, porque me atrapó y porque me hizo creer que era libre cuando en realidad cada vez dependía más de algo que me estaba quitando la vida por dentro. Precisamente por eso quiero contarlo así, sin adornarlo y sin convertirlo en morbo: porque el problema no siempre empieza cuando sufres, a veces empieza cuando disfrutas tanto que dejas de ver el precio.
Yo pagué un precio alto. Pagué con mi salud mental, con mi cuerpo, con mi calma, con mi autoestima, con mi sexualidad y con una parte de mí que tuve que recuperar casi desde cero. Pero sigo aquí, y eso también importa. No soy la versión destruida de aquellas noches, tampoco soy una persona perfecta ni alguien que tenga todo resuelto; soy alguien que tuvo que mirar su propio infierno, pedir ayuda y empezar a salir.
El chemsex me prometió libertad, placer y poder, pero mi verdadera libertad empezó el día que acepté que tenía que parar.
Oscar A.

