ONCE: Muerte, duelo y drogas, un mix explosivo

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De estos grises días de Agosto me acordaré toda mi vida. Un jueves por la mañana, estando en la oficina después de volver de vacaciones (una semana de fiesta y Circuit y otra semana en el sur con mi familia), mi padre me llamó para decirme que volverían el sábado a casa, adelantando el viaje. La razón fue que les llamaron desde la residencia donde estaba mi abuela diciendo que ya no iba a durar demasiado.

Siendo así, mi hermana, muy correcta ella, me dijo un “oye, ¿porqué no pasas la noche fuera? Me gustaría pasarla yo en casa, y tú lo tienes más fácil para encontrar donde dormir”. Esto se traduce a nuestro idioma en un “oye, busca con quien follar esta noche, que yo he llamado a un tío para follar y no quiero que molestes”.

Y bueno, por tal de no tener problemas y porque me apetecía, ya que tener a mis padres, significaría tener que estar dando razones de por qué salgo de noche si al día siguiente tenía que trabajar, así lo hice.

La cosa es que primero me fui de chill a casa de un amigo (todo era tan improvisado que preferí montar un campamento base y ya buscar plan), y desde allí, acabé encontrando a una pareja con los que acabé quedando para hacer un trío.

Eran cerca de las seis de la mañana cuando mi móvil empezó a sonar mientras yo estaba cual mortadela en un sandwich. Cogí el teléfono y escuché una voz femenina que decía “Es usted familiar de la sra…” y en ese momento, sin oír nada más pero sabiendo lo que estaba diciendo, me caí al suelo y empecé a llorar. Inmediatamente, los dos chicos se lanzaron, uno a por mí preocupado y el otro al teléfono para ver qué pasaba.

Siempre daré gracias que tuve la suerte de estar en esa casa y de cómo me trataron. El chico que cogió el teléfono, una vez lo colgó, me confirmó lo que me temía, y era que mi abuela había muerto.

Con esa noticia, les dije que, sintiéndolo mucho, la fiesta comprensiblemente había terminado para mí, y ellos se ofrecieron a ayudarme para conseguir el taxi e incluso uno de ellos me acompañó en él para que estuviera tranquilo hasta que llegara a casa.

Una vez en casa, y viendo que mi hermana ya estaba también informada, nerviosas y empezando a preparar todo para el entierro, lo primero que se me pasó por la cabeza fue un “¿cuánta tina me queda en mi neceser?”.

Lo miré viendo que me quedaba nada y menos y que me iba a volver a pasar al menos otros 4 o 5 días encerrado en el pueblo, con la familia, llorando y desesperado. Por eso le dije a mi hermana “en breve me voy al centro a unos recados, cualquier cosa, llámame”, y así lo hice.

Llamé a mi camello a las ocho de la mañana para decirle que me preparara 5 gramos de tina y que ya estaba de camino a su casa con el dinero.

Ya una vez con todo lo necesario en mi poder en un mi bolsillo y con el móvil al oído llamando a conocidos de la familia y al trabajo para informar al respecto, también llamé a varios amigos míos para que supieran lo que pasó, llamada que sólo me contestó una persona, mi aún actual mejor amiga.

En casa, hablé con mi hermana y mi padre de los siguientes pasos, entre los cuales estaban que mi hermana y yo teníamos que hacer todos los papeles para tramitar la muerte de mi abuela y que la pudieran mover hasta el pueblo, a más de 1.000 km de Barcelona, haciendo así que mis padres no se movieran del pueblo, donde ya estaban

Con todos esos trámites una vez ya realizados, me dirigí al médico de cabecera para que supiera lo que pasó, además de que me recetara algo para la ansiedad. Y aunque no le dije que lo quería para poder rebajar todo lo que tenía en la cabeza debido a todas las drogas que llevaba consumiendo día sí y día también, él lo interpretó que era la ansiedad producida por la muerte de mi abuela.

Por fin, al día siguiente logramos llegar al pueblo, después de un AVE hasta Madrid en 3 horas y el famoso tren que se para por toda Extremadura y que tardó casi 6 horas en llegar al pueblo.

Esto hizo que llegáramos más cansados de lo normal (siempre hemos ido en coche, y el viaje, aún siendo 10 horas, es más viable y cómodo que en tren, hay que reconocerlo), con lo que fue llegar a casa y dormirnos.

A la mañana siguiente todo fue bien, aunque fuéramos llorando todos en los hombros de los demás, e intentando hacer algo de vida normal, recogiendo mi madre la ropa que usamos mi hermana y yo durante el viaje.

Y así, ya durante el mediodía, sentados a comer en la cocina y yo delante de la lavadora, mágicamente ví como en el tambor, frente a la puerta transparente de la lavadora, estaban los pantalones del viaje, dando vueltas en agua y jabón. Le pregunté a mi madre “mamá, ¿has registrado los bolsillos del pantalón?” y negando ella con la cabeza, de un salto apagué la lavadora diciéndole que tenía allí metido un montón de dinero y que lo estaba, literalmente, limpiando…

No era plan de decirle que llevaba en uno de los bolsillos un montón de tina y que me había jodido, si no era posible aún más, aquellos días. Cuando ví el sobre, me puse a llorar, ya que casi todo se había humedecido, y poniéndolo al sol, recé para que me quedara algo.

La verdad, me quedó y bastante más de lo que pensé que habría, unos 2 o 3 gramos (suerte que era el principio del lavado, tal vez).

Pero estar allí en el pueblo, intentado ser quien ayudaba a la familia en ese momento, y dejando hacer que fuera mi padre el que hiciera el duelo por la muerte de su madre, significó que yo no lloré su muerte en todo el proceso. Y pasé todas aquellas horas noches en la casa del pueblo, pipa en mano y con el Zoom en el portátil (las buenas costumbres se pierden, las malas rara vez). Y esto provocó que cada vez me sintiera peor conmigo mismo, ya que cada vez los pensamientos eran más negros y negativos (recordad que las drogas multiplican lo que sientes, sea positivo o negativo, y estando en un momento de dolor, la espiral negativa es mucho mayor y más rápida que una positiva, haciendo que ese dolor dure aún mucho más y sea más difícil de salir de ella).

Un mes después del entierro de mi abuela en el pueblo, celebramos un funeral con los conocidos de la familia. Después del funeral les dije a mis padres que necesitaba estar esa noche tranquilo y que me iba a cenar a casa de un amigo. Lo que no esperaba es que se amigo me hiciera el vacío durante toda la noche. Aunque estuvimos juntos cenando, claro está que estuvimo fumando la pipa y tomando GHB para yo intentar dejar de pensar en todo lo que tenía encima. Pero me entró la paranoia de que no quería que yo estuviera en su casa, y amablemente le dí las gracias por dejarme estar allí. Y mientras bajaba las escaleras de su edificio, en mi cabeza oía su voz como se reía y que sonaba por el patio de vecinos diciendo cosas como “¡siempre pidiendo ayuda y nunca tiene a nadie!” o “¡se merece todo lo que le pasa!”.

Entonces, decidí irme a casa a descansar y a la mañana siguiente me fui al trabajo. Poco después de llegar, me desmoroné emocionalmente y mi jefe me mandó directo al médico para ver que me pasaba. Fue entonces que, primero me fui a casa para tranquilizarme un poco, y la única forma que encontré fue fumar.

Y fumé durante un buen rato la pipa con tina, y sí que me relajó, pero también me hizo empezar a tener un ataque de asma, con lo que acabé finalmente en el médico. Y gracias a ese ataque de asma, el médico me dió una baja de una semana por depresión y me aconsejó que llorara en los casos de duelo, nunca dejarlo dentro, porque te consume.

Él poco o nada sabía que yo a ese duelo que estuve haciendo aquella semana le añadí un montón de drogas para estar relajado, extasiado en mi propio mundo, dentro de mi habitación, la cual era como mi fuerte y mi mansión de la soledad. Allí yo hacía y deshacía todo a mi gusto, donde no me solía molestar ya ni mi familia en esos momentos, salvo mi madre para decirme que era la hora de desayunar, comer o cenar.

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