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El fin de semana ha sido duro.
He consumido mucho. Demasiado.
He probado una sustancia nueva: Monkey Dust. No es algo distinto, en realidad. Es lo mismo de siempre, pero más fuerte, más descontrolado. La intensidad sube y la cabeza se va antes de que te des cuenta.
La he tomado con otros dos chicos y el efecto en las relaciones ha sido horrible. No exagero. Es una droga que te jode la mente de una manera muy concreta: te vuelve paranoico. Empiezas a interpretar gestos, palabras, silencios, como si todo fuera amenaza o traición. La desconfianza aparece sin motivo. Todo se contamina.
No es una droga divertida.
No es una droga “guay”.
Saca lo peor. Saca mierda.
No es tanto el cuerpo. El cuerpo más o menos responde.
El problema es la cabeza.
Cómo te coloca en un lugar mental muy feo, muy retorcido, y lo hace con sutileza, sin avisar. Cuando te das cuenta, ya estás dentro.
He conseguido dormir.
He comido algo.
He bebido agua todo lo que he podido.
He hecho lo que había que hacer para cuidarme mínimamente.
Ahora es lunes por la mañana.
No estoy en una situación extrema, he estado peor otras veces.
Pero no estoy bien.
Físicamente estoy regular.
Anímicamente estoy confuso, tocado, frágil.
Me siento vulnerable, sin defensas, con la cabeza revuelta.
Y lo peor es esto:
¿a quién se lo cuento?
¿quién entiende esto de verdad?
No es algo que puedas explicar a cualquiera.
No es solo “me he drogado y ya está”.
Es el efecto que deja después.
Ese estado raro en el que no estás hundido, pero tampoco estás en pie.
Tengo que trabajar y no me apetece nada. Nada.
No por vagancia, sino porque me cuesta estar presente, pensar con claridad, funcionar como si nada hubiera pasado.
Y aquí estoy.
Un lunes más.
Intentando recomponerme en silencio.
Talen.

