La Trampa de «No Rendirse»: Mi descenso a los infiernos del abuso, el chemsex y cómo la derrota me salvó la vida.

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Llegué a este país con una maleta llena de sueños y el corazón abierto, buscando lo que todo ser humano anhela: un lugar donde sentir que pertenece. El inmigrante carga con una fragilidad invisible; esa necesidad desesperada de echar raíces nos hace vulnerables a quien nos prometa un poco de tierra firme.

Cuando conseguí trabajo y comencé una relación, sentí que había ganado. Lo hice mi familia. Lo hice mi patria. Me entregué con una intensidad ciega, construyendo un rascacielos emocional sobre cimientos que yo no quería ver que estaban podridos. No sabía que estaba a punto de entrar en la etapa más oscura de mi vida. No sabía que mis heridas de la infancia, esas que creía cerradas, estaban a punto de tomar el control. Escribo esto hoy no como una víctima, sino como un superviviente que ha tenido que perderse por completo para poder encontrarse.

La Psicología del Anzuelo: Cuando tu fuerza es tu perdición

Recuerdo el momento exacto en que se selló mi destino. Mi intuición, esa voz sabia que a menudo ignoramos, me gritaba que huyera. Veía las banderas rojas, la inestabilidad, el peligro. Fui honesto y le dije que no veía futuro, que me iba. Continuar leyendo «La Trampa de «No Rendirse»: Mi descenso a los infiernos del abuso, el chemsex y cómo la derrota me salvó la vida.»

Solo con mi instinto

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Hay días en los que pienso que ya está. Que pasó, que lo dejé atrás, que esa etapa quedó enterrada entre citas médicas, terapias, y promesas dichas con el pecho lleno de convicción. Semanas enteras, incluso meses, sin tocar nada. Sin entrar en apps. Sin buscar miradas ni noches sin mañana. Y entonces, de repente, como un susurro venenoso que se cuela cuando estás cansado, cuando estás solo, cuando la cabeza decide recordar lo que en realidad preferirías olvidar, algo dentro hace un clic.

Y ahí está otra vez.

No hace falta una tragedia para caerse. A veces basta un silencio largo. Una noche sin plan. Un cuerpo que siente que falta algo, aunque no sepa qué. Es increíble lo rápido que se puede pasar de estar bien, o al menos en paz, a sentir cómo la fragilidad te revive viejos monstruos. Un mensaje. Un recuerdo. Un impulso que al principio parece controlable. Siempre parece controlable.

Y luego ya estás ahí, justificándote, negociando contigo mismo, como si no hubieras aprendido nada.
Como si todo el trabajo hecho valiese menos que esa ansiedad absurda por desaparecer un rato, por no sentir, por sentir demasiado, por lo que sea.
Porque el chemsex nunca te da una razón real. Solo te ofrece un escape envuelto en culpa. Continuar leyendo «Solo con mi instinto»

Romantizar el Chemsex?

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Hace poco, hablando con una amiga, le comentaba sobre los últimos casos de conocidos que han fallecido en una situación de chemsex, o que han vivido una experiencia chunga estando de chill, y de repente me soltó a la cara:

TÍO!!! TENÉIS QUE DEJAR DE ROMANTIZAR EL CHEMSEX DE UNA PUTA VEZ!!!

La primera cosa que se me pasó por la cabeza fue responderle,… pero tú de qué vas???

y cambié de tema como el que no quiere la cosa para evitar entrar en una discusión.

Pero aquello se me quedó en la cabeza dando vueltas.  Romantizar… odio esa palabra, me suena a cursilada, a globos rosas con forma de corazón, a pétalos rojos cayendo del techo… y asociar todo eso con el chemsex, con un chill, me producía un cortocircuito mental… Continuar leyendo «Romantizar el Chemsex?»

Evangelio del Silencio Roto: El Silencio que se abre (parte 6 de 9)

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La arena calla.

Pero ya no es un silencio que aprieta.

Es un silencio que abre.
Como una herida limpia.
Como un cuerpo que deja de resistirse.
Como un pecho que se entrega entero, por fin, al aire.

En el centro del Coliseo, Níker permanece de pie.
Inmóvil. Soberano.

Lian se ha alzado.
 Y lo ha hecho no con orgullo, sino con amor.
Con barro en las rodillas. Con voz temblorosa. Con verdad.

Y Noam, desde lo alto, lo observa.

Pero ahora ya no está separado de él.
Lo ve… y se ve.
Lo siente… y se completa.

Hay un instante suspendido, como si la gravedad hubiera olvidado actuar.
Y es entonces cuando ocurre lo sutil, lo definitivo:

Noam baja los escalones.
Sin apuro.
Sin miedo.
Cada paso borra una parte del muro que los separaba.

Noam no desciende hacia Níker.
Desciende hacia Lian.

Pero Lian ya no está allí como un otro.
Está allí como él.

Frente a frente.

Y ahora…
Uno extiende la mano.
El otro no la toma.

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Evangelio del Silencio Roto: Naiô Y Adrià (parte 5 de 9)

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APARTADO 4.1: EL PLANO SUPERIOR

Mientras la arena contenía su respiración,

y Noam se deshacía en su mirada hacia Níker,

dos figuras más contemplaban, desde lugares distintos,

la escena que estaba transformando el aire.

 

Una estaba arriba.

Casi fuera del tiempo.

Suspendido en un plano donde no existe la gravedad de los cuerpos.

 

Y otra estaba abajo.

Entre la gente.

En el mundo.

Con los pies manchados de polvo y los brazos cruzados sobre una historia que no se nombra.

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Evangelio del Silencio Roto: Noam (parte 4 de 9)

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El sol comienza a inclinarse sobre el Coliseo.

No es un sol real, sino uno suspendido, simbólico, como una lámpara ancestral que tiñe de oro las paredes y los cuerpos.

 

Y bajo esa luz, Noam reaparece.

 

Está allí.

En pie.

Como si nunca hubiese estado sentado.

Como si siempre hubiera pertenecido al momento exacto en que el deseo se hace herida.

 

Su cuerpo parece tallado en una promesa incumplida.

Tiene los hombros tensos, como si cargara no solo su nombre, sino todos los que ha tenido que dejar atrás.

Sus brazos —largos, definidos, salpicados de lunares pequeños— respiran bajo la piel un temblor que no se ve, pero que vibra.

Las venas dibujan un mapa de esfuerzo y castigo.

Se enroscan en espiral sobre sus bíceps y antebrazos, como si quisieran escapar, como si fuesen serpientes que conocen demasiado bien el veneno.

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Evangelio del Silencio Roto: El vínculo. (parte 3 de 9)

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El Coliseo ha dejado de rugir.

Porque el rugido ya no viene del público.

Viene de dentro.

De las vísceras.

De los ojos.

De la tensión entre dos cuerpos que ya no necesitan palabras.

 

Níker da un paso.

 

Y algo cruje en el aire.

 

Es un paso lento, medido.

El polvo se levanta apenas.

Pero el eco es profundo, como si la piedra misma lo reconociera.

Como si el Coliseo supiera que ese paso no es solo movimiento.

Es decisión.

Es un pacto que se reactiva.

Es la continuación de una ceremonia que comenzó mucho antes de este día.

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Evangelio del Silencio Roto: La Llama en el Centro (parte 2 de 9)

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Sección 1: El Umbral

El Coliseo tiembla.

No por un rugido.

No por una multitud.

Tiembla por un hombre.

Uno solo.

Que decide cruzar el umbral.

Y entregarse.

No a un verdugo.

Sino a su destino.

Hay un momento exacto en que el silencio se vuelve respiración.

Ese momento ha llegado.

El espacio es sagrado.

No es una simple arena: es una cúpula ancestral tallada en piedra viva, abierta en su cima, donde el cielo observa sin intervenir.

El Coliseo es circular, pero el círculo no es perfecto.

Hay grietas en los muros, bloques de mármol que han sido tallados, rotos, reparados.

Las gradas se elevan como olas detenidas.

Los primeros asientos, tallados en piedra, están cerca del polvo.

Más arriba, columnas entre sombras.

Y en lo más alto, una galería abierta donde solo se sientan los que ven más allá.

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