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Hay días en los que no decides caer.
Simplemente caes.
Quizá porque has tenido un día de mierda. Porque algo te ha dolido más de lo que querías reconocer. Porque necesitabas apagar la cabeza durante unas horas. Porque tomaste una mala decisión. O porque, sencillamente, ese día no supiste hacerlo mejor.
Y consumes. Al principio parece que todo desaparece. El ruido, los problemas, las obligaciones, incluso tú mismo.
Hasta que deja de desaparecer.
Y entonces llega ese momento en el que miras alrededor y piensas ¿Qué coño estoy haciendo aquí?
Has tocado el suelo.
Pero hay algo curioso en estar tan abajo. Cuando ya no puedes seguir mirando hacia abajo, solo te queda mirar hacia arriba.
Y ahí, algunas veces, ves el cielo.
No porque consumir te haya salvado.
No porque caer sea bonito.
Y mucho menos porque necesitemos destruirnos para aprender.
Sino porque algunos malos momentos tienen la capacidad brutal de enfrentarnos a preguntas que llevábamos demasiado tiempo evitando.
¿Soy feliz con la vida que tengo?
¿Qué quiero conservar?
¿Qué necesito cambiar?
¿Quién quiero que esté a mi lado?
¿Qué cosas hago porque realmente las quiero y cuáles hago simplemente porque llevo demasiado tiempo haciéndolas?
A veces una caída te obliga a detenerte.
Y cuando te detienes, empiezas a ver.
Ves que quizá necesitas cambiar determinadas rutinas. Alejarte de algunos lugares. Pedir ayuda. Recuperar proyectos que habías abandonado. Cuidar determinadas relaciones. Poner límites. Crear otros espacios donde sentirte bien.
Y entonces empiezas a hacer algo que parecía imposible mientras simplemente ibas sobreviviendo, empiezas a construir un plan. Pequeño al principio.
Mañana voy a hacer esto. Esta semana voy a cambiar aquello. Voy a llamar a esa persona. Voy a recuperar aquel proyecto. Voy a volver a entrenar. Voy a crear. Voy a viajar. Voy a decir que no. Voy a atreverme a decir que sí.
Y poco a poco descubres que aquella versión de ti que estaba tirada en el suelo no era necesariamente el final de nada.
Quizá era una señal.
Porque reinventarse no significa borrar lo que has vivido. Significa coger incluso las partes de tu historia que menos te gustan y preguntarte
¿Qué hago ahora con todo esto?
Y algunas veces haces cosas enormes. Otras veces simplemente consigues levantarte, ducharte, desayunar y tener un día tranquilo.
Y eso también puede ser enorme.
He aprendido que tocar el suelo y tocar el cielo no siempre son momentos tan alejados como pensamos.
A veces están separados por una decisión. Después por otra. Y después por otra.
No quiero agradecer mis caídas. Algunas habría preferido no vivirlas. Pero tampoco quiero fingir que no me han enseñado nada.
Porque después de algunos de mis peores días he entendido con muchísima claridad cuáles quería que fueran mis mejores días.
He descubierto qué personas quiero cerca. Qué vida quiero construir. Qué cosas todavía quiero hacer. Y, sobre todo, quién quiero ser cuando todo el ruido desaparece.
Así que no.
Tocar fondo no es tocar el cielo.
Pero algunas veces, cuando estás en el suelo y por fin levantas la cabeza, descubres que el cielo seguía estando ahí.
Y quizá llevabas demasiado tiempo sin mirarlo.
Sergio Cuho

