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Qué fácil era estar bien. Era tan fácil, tan fácil tan fácil tan putamente fácil.
Un pipazo mientras el camello preparaba lo mío y todo dejaba de tener sentido.
Todo dejaba de importar. La agotadora batalla perdida sobre si pillar o no se esfumaba entre el humo perfecto y el efecto exacto. Ésta es buena. En cuanto llegue a casa me meto un pincho que voy a flipar.
Compraba las jeringuillas al lado del camello. Si hablas catalán, siempre te las dan.
Me subía al metro con la ilusión de un niño malcriado. Sí a todo. Siempre sí a todo.
Dos años después, no he pasado de 3 meses sin colocarme. Si lo consigo esta vez, será cuando empiece la primavera, con el cielo incuestionable.
La última fue en diciembre. Me bastó con volver a Barcelona y un poco de estrés navideño para acabar fumando de madrugada en casa de un tío que me daba igual.
Me bastó con hacerme creer que no habría pipa por no haberlo hablado antes de ir.
Da igual, ya pagué mi culpa. Ya ha llovido y mucho, ahora yo ando sobre el barro.
Dejarlo fue, y sigue siendo, aprender a joderme. Llorar de ganas, llorar de putas ganas. Tirarme al suelo, una flexión más. Piensa en lo malo, piensa en lo malo.
Se acerca el umbral y ganas desquiciadas asaltan mi vida construida a base de noes y de es mejor asíes. Se agolpan, se acumulan, romperán el techo. Revientan las ventanas, entran por detrás, se disfrazan con trajes usados mil veces. Cambian de color. Las hay traicioneras y honestas como puños. Un polvo aburrido, una tarde absurda, que me guste un tío, me hago mayor, cruising sin nadie, acordarme de ti, qué imbécil fui, no sé qué hacer, sólo una vez, madre de mierda, no sé qué siento ni si quiero saberlo, respirar hondo y dar con algo. Todo entraba en la puta pipa, y todo ardía. Lo que viene a ser la vida, dentro entera cabía.
Respirar hondo y dar con algo, y agarrarlo. Meterlo en otro sitio, día a día.
3 meses, un día más. Dejaré de contar?
Qué fácil era estar bien. Qué bien estoy cuando estoy bien ahora.
Sandro
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