Carta al aire

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Sé que nunca fui muy importante para ti. Todas las veces que nos veíamos sabía que desaparecía de tu cabeza en cuanto salía por la puerta. Aún así no me avergüenza admitir que tú sí que dejaste una huella indeleble en mi memoria. Un pinchazo y un moratón. En mi memoria, en mi trayectoria vital, en mi manera de gestionar el afecto hacia los demás.

De tí me atrajo, a parte de eso que se aprecia a simple vista, tu determinación, el hecho de que fueras tan “echao pa’lante”, que me rompieras los esquemas cada vez que abrías la boca, y sobre todo tu aura de chico torturado. Me flipaba que una persona que se movía en ambientes que, para mí en ese momento, eran tan sórdidos, tuviera un background tan profundo, que pudiéramos, por ejemplo, hablar de política hasta las cejas, con perspectivas tan diferentes y a la vez entendernos, después de un polvo de infarto. Por otro lado, sabías qué decir en todo momento para que todos hicieran lo que tú querías y además con una sonrisa. Eras la tormenta perfecta y lo sabías. Y yo también y me encantaba.

Cuando me apartaste de ti me salvaste la vida. Yo pude salir de esa porque no encontré a nadie como tú, ni para bien ni para mal. Con otras personas me sabía a poco. Desde entonces luché confrontándome con tu recuerdo en mi cabeza. No te guardaba ningún rencor, no tenía motivos para ello, pero te usé de saco de emociones negativas para, aunque fuera por berrinche, salir del pozo.

Haberte encontrado en mi camino otra vez ha sido toda una sacudida para las pocas neuronas que me quedan. Me hubiera gustado explicarte cómo me había ido. Lo que había luchado y cómo me habían ayudado. También hablarte de mis compañeros de viaje, que podrían ser los tuyos si querías dar el paso. Por supuesto, también hubiera querido soltar algún comentario pretendiendo aparentar que era mucho más maduro y responsable, disimulando que era una mentira como una catedral.

Empecé a hablar, y poco a poco me di cuenta de que no había ni rastro de esa mochila de la que sacabas temas polémicos para que discutiéramos acaloradamente. De manera apática me transmitiste que todo seguía igual, y a su vez, empecé a percibir los detalles. La mirada perdida, el balbuceo monótono, las frases a medio construir… eran los heraldos del titular que no estaba preparado para que me gritaran a sangre fría: que tú ya no estabas ahí.

2 respuestas a «Carta al aire»

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