![]()
Amigo, te entiendo perfectamente, pero no te tortures ahora. Ni tú, ni yo, ni nadie somos perfectos. A veces nos equivocamos y cometemos errores y, por mucho que nos juremos que no volverá a suceder, volverá a pasar. Pero, dentro de todo esto, lo bueno y maravilloso es poder levantarse, lamerse las heridas, dejarse cuidar y seguir adelante.
Ni tú, ni yo, ni nadie tenemos la llave mágica ni el botón que hace que todo salga bien y que la vida sea un jardín de rosas. Vivimos moviéndonos en terrenos pantanosos. Sí, tal vez podríamos elegir una vida monacal en la taiga siberiana, aislados del mundo y comiendo rábanos y lechugas. Pero esa no es nuestra vida ni nuestra realidad diaria.
Nuestra vida está aquí, con nuestras rutinas y nuestro día a día. A veces disfrutamos y controlamos la situación, pero otras veces es la situación la que nos controla a nosotros. Es ella la que mueve los hilos —como una auténtica hija de la gran puta— y nos arrastra a lugares y situaciones en las que ni siquiera sabemos cómo hemos acabado.
Esta es la realidad que tenemos y que vivimos, amigo. Y creo que algo bueno es entenderlo y aceptarlo. Sabemos que está ahí. Sabemos que disfrutamos, que nos lo pasamos bien, que creemos en el derecho al placer y que, en la mayoría de las ocasiones, sabemos gestionarlo. Pero también sabemos que, a veces, sin saber muy bien por qué ni cómo, la situación nos supera y acabamos metidos en líos que ni nosotros mismos sabemos explicar.
Y, aun así, entenderlo, asumirlo y aceptarlo es algo que juega a nuestro favor.
Porque en cada tropiezo y en cada caída siempre hay algo —a veces muy pequeño, casi imperceptible— que aprendemos. Algo que se nos queda grabado. Puede ser un aviso, una pequeña sirena de alarma, un recuerdo que aparece en el momento justo. Algo que quizá nos ayude la próxima vez a tomar las riendas de la situación… o quizá no. Pero incluso si no lo hace, no es algo perdido. Tal vez en el siguiente tropiezo ese aprendizaje sea mayor y nos sirva más.
En cada batacazo, en cada patinazo, siempre hay algo que suma, algo que se queda con nosotros y que forma parte de nuestra experiencia. Algo que llevamos grabado en la piel.
Y, sobre todo, amigo, lo más bonito y lo más valioso de todo este viaje es tenernos los unos a los otros. En nuestra pequeña familia podemos hablar, explicar lo que nos pasa sin vergüenza y sin miedo al juicio. Podemos escucharnos, compartir, pedir ayuda y ayudarnos.
Eso es un tesoro enorme.
Ahora descansa, amigo. Ya sabes cómo funciona esto: hidratarse, comer algo, desconectar y darse tiempo.
No seas demasiado duro contigo mismo. Permítete ser humano, ser frágil y equivocarte.
Seguro que, con el tiempo, incluso podrás escribir una historia bonita de todo esto.
Te quiero un montón ❤️
Y nunca se te olvide que vales mucho amigo ❤️
David

