Bucle

 383 total views,  2 views today

Martes. Jueves. Domingo… No es importante en que día me encuentro. Una vez mas estoy en el centro de la ciudad colocado. Colocadísimo. Con la polla medio dura y buscando. Buscando jaleo. Muy cachondo. Muy cerdo. La mirada concentrada en la pantalla del móvil. Nada de lo que sucede a mi alrededor esta realmente pasando. Solo la pantalla es real en este momento. Perfiles. Culos. Rabos. Torsos y espaldas. Fotos de chulos con las pollas duras. Ojetes preñados. El simple acto de estar escribiéndome con el chulo hace que me empalme. El mero hecho de pensar en lo que puede pasar me pone muy cerdo. La cabeza me va a mil. Me pongo a mil. Quedo con uno. En el camino hacia su casa mi cabeza solo piensa en entrar y empezar a comerle el culo a cuatro patas. No me importa su nombre o el aspecto real que tenga. Quiero comer ojete. Follármelo. Ponernos bien cerdos. Colocarnos juntos. Es una obsesión. No pienso si me apetece o no. Necesito hacerlo. Tiene que pasar. En mi cabeza ya esta pasando. Lo estoy viviendo. Me empalmo otra vez por la calle solo de visualizar el cerdeo en mi cabeza. La sensación provocada por mi cabeza imaginando la follada tiene casi la misma intensidad que si estuviera realmente pasando. Me cruzo con un tío. Lleva también el móvil en la mano. Va buscando una dirección, un número, un piso. La mirada perdida. Absorto pero vigilante. Colocado. Cachondo. Preso de su obsesión. Concentrado en su móvil va mirando arriba y abajo. Buscando el número agraciado que le lleve a la realización de su paja mental. A su expectativa. El éxtasis se presenta como medio y como fin, sabiendo que no será el mismo el que reinará en este desenlace, ya que éste es un privilegio concedido de manera descarnada e inexorable a la insatisfacción, a la frustración y a la soledad. Un domicilio más que sumar a la lista. Una frustración más que añadir a su existencia. Una realidad compartida en nuestras cabezas. Una realidad separada en el espacio y aún así, compartida por nosotros mismos. Una realidad repetitiva en el tiempo. Compartimos ese momento. Esa emoción. Una emoción irracional, desproporcionada y absurda. Participamos y reproducimos un imaginario colectivo creado por nosotros mismos. Una falacia. Un demonio que nos alimenta y destruye al mismo tiempo. Una ansia perturbadora que nos empuja a un abismo en forma pipa y gas. De varilla cristalina, corrosiva y líquida. De humo tóxico y efímero. Un trago amargo y único. Un imaginario que nos sumerge y destruye en nuestra propia fantasía. Un imaginario que nos segrega del resto. Que nos separa de nosotros mismos provocando una dicotomía contradictoria en nuestro ser. Que nos aísla. Un imaginario compartido entre existencias atomizadas. Individualizadas. Existencias remotas y atemorizadas, únicamente conectadas entre sí mediante un código común compartido. La insatisfacción con la propia existencia. Cada uno de nosotros con nuestra frustración compartida en forma de red de destrucción. De un ideal mortificante construido a través de una maraña de partes de realidad y ficción, de ilusión y desasosiego, construido mediante la búsqueda incesable y agotadora del chulo perfecto, del mejor polvo. Un mundo construido sobre aplicaciones para follar, fotos X, verdades, medias verdades, mentiras y engaños. Una realidad donde cada uno presenta la mejor versión de sí mismo. La más masculina. La más deseada. La que consigue la puja más alta en el mercado de la droga y de la carne. Apostamos todo a la carta de la vanidad con el as del ego bajo la manga. El ego que se alimenta de cada calada, de cada ‘chorri’, de cada me pones ‘cerdako’. Llego al piso. Es el cuarto del día. El primero fue un chico. El segundo tres chulos. El tercero ocho almas en perfecta sintonía. En plena harmonía. En plena conexión, mediante el móvil. En alarmante peligro. En imperceptible, lento y calamitoso declive. Diez horas más de colocón y cerdeo. Diez horas no sirven para calmar el ritmo frenético de mi mente. El tiempo no satisface mis deseos. Mis angustias. Mis miedos. Se produce una batalla agónica y descarnada dentro de mi. Una batalla llena de contingencias. Llena de contradicciones. Una batalla que no gana nadie. No se puede ganar. Todos perdemos. Una batalla que solo se alivia en aquellas raras y escasas ocasiones en que se conjugan los astros y pegamos el polvo de nuestra vida. El chill del año. El cerdeo máximo. El tío perfecto. La ilusión hecha realidad. El instante que hace que todo haya valido la pena. El imaginario colectivo cristaliza en un momento perfecto. Único. Efímero. Suficiente y necesario para la producción y reproducción agotadora e inagotable del mito, del imaginario. Suficiente y necesario para mantener la ilusión y la esperanza. Suficiente e imperativamente necesario para justificar y legitimar el autoconvencimiento. Suficientemente potente e intenso para validar dicha realidad. Mágicamente tangible. Palpable. Una realidad que nos sacude y nos hace gritar ensordecedoramente frente un precipicio de ilusión. Frente un despeñadero de emociones. Ante un vertedero de mierda. Un vertedero con una capacidad de almacenaje sin límites. Un vertedero donde todo cabe, se queda, se acumula y macera. Un caldo de cultivo destructivo a nivel emocional. Un poso capaz de corroer hasta la ilusión más pura. Un vertedero que se va llenando de una lluvia fina, muy fina, prácticamente imperceptible, pero profunda e incesante, es capaz de destruir nuestros valores y creencias más firmes y consolidados con el paso del tiempo. Salgo del piso para irme. Intento no abrir ninguna de las aplicaciones de camino a casa. Procuro no encender el mecanismo otra vez, por mucho que en mi cabeza esté encendido desde el momento en que me pongo los calzoncillos. Tengo que poder parar esto. En algún momento tengo que decir basta. Tengo que, pero no quiero. Me resisto. Saco el móvil del bolsillo y miro fijamente la pantalla. Dubitativo y caliente como una perra, el esfuerzo de volver a meter el móvil en el bolsillo es titánico. Repito esta miserable acción incontables veces antes de llegar a casa. Lo consigo finalmente. Habiendo llegado a este punto sé que me esperan varias horas, muchas horas de porno y pajas. Horas de oscuridad, aislamiento y encierro. Horas en las que cada paja y cada corrida no sirven para aliviar o satisfacer ningún tipo de emoción más allá del placer físico de las mismas. Horas que me sirven para establecer otro tipo de relación con otro tipo de pantalla. Horas en las que la lluvia fina sigue acumulándose de manera letal. Horas en las que mis contradicciones, adicciones y acciones confluyen en un único acto, la paja. Horas en las que vuelven a aflorar como tsunamis dos aterradoras e incombustibles emociones. Frustración e insatisfacción. Frustrado e insatisfecho me corro por cuarta vez. En algún momento me dormiré. Vuelve a ser lunes. O miércoles. O viernes. Que más da. Vuelve a encenderse el piloto automático. Salgo ya… volvemos a…

Una respuesta a «Bucle»

  1. Realmente lo publicado me hace recordar otros tiempos en los que actuaba de manera parecida, pero sin tanta acción.
    Fines de semana de colocón total, con muchas ganas de ser penetrado, una y otra vez, con farlopa a tope, eran otros tiempos…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *