CATORCE: Los fines de semana de la marmota

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Una madrugada de fin de semana, estando ya harto de estar encerrado toda la noche en casa con el Zoom, abrí el Grindr. Acabé encontrando a un chico que me invitó a la casa donde estaba con dos colegas suyos. Raudo y veloz, empaqueté algunas de mis cosas y me pillé un taxi desde casa para llegar hasta Sants.

Cuando llegué allí estaban los tres bailando en sus gayumbos. Los tres me llegaban a la altura de mis hombros pero me ponían cachondo. Después de estar bailando y colocándonos juntos, empecé a liarme con el chico que me invitó en una de las habitaciones del piso, y acabó juntándose la pareja a nosotros también.

Unas cuantas horas de después de sexo, drogas y SoundCloud nos dimos cuenta que sería un buen momento de comer algo y pedimos un par de pizzas para cenar. De esta forma, siguieron pasando las horas. Hasta que fueron las 6 de la mañana del lunes y me acordé que tenía que estar en la oficina para trabajar a las 9. Así que, me fui corriendo de allí para ir a mi casa a ducharme y cambiarme.

Durante aquella semana estuvimos chateando los cuatro y acabamos decidiendo de quedar de nuevo ese viernes por la tarde/noche en la casa en plan guay. Cabe decir que la casa estaba genial. Era bastante grande con un gran comedor, dos pisos y tres habitaciones para ellos dos y una chica que vivía de forma intermitente. Así, estábamos en el comedor hasta que íbamos bastante colocados y empezábamos a liarnos entre nosotros o invitábamos a algún otro chico y subíamos a una de las dos habitaciones del piso de arriba para continuar la fiesta, bailando y drogándonos, mientras que en la otra follábamos. ¡Y el fin de semana se pasó volando!

Y así, casi como en la película de “El día de la marmota”, se iba repitiendo los mismos hechos una semana sí y otra también, yendo a casa de estos chicos nada más salir el viernes por la tarde del trabajo, con una breve pasada por casa para tener las cosas necesarias y algo de ropa. Algunas veces decidíamos ir el sábado por la noche a la Pervert o pillar un taxi el domingo por la noche a la Blackroom, por el simple hecho de cambiar de aires, aunque al final, seguíamos bailando y drogándonos y acabando de nuevo al finalizar la fiesta en la misma casa.

Semana tras semana era igual, hasta que hubo un pequeño cambio de armonía dentro de aquella casa. El cambio fue que, la chica que compartía el piso con la pareja les robó, pero no en plan algo de dinero y el portátil. No. Les robó todo, literalmente todo. Desde la pantalla de televisión y el microondas hasta las maletas llenas con ropa y donde ellos escondían todas las drogas. Uno de los dos nos llamó muy preocupado y fuimos a verlos.

Y en ese momento, las cosas se torcieron, ya que los dos estaban desesperados (algo de suponer ya que recién les robó una persona de confianza) pero también, sobre todo uno de los dos, estaba emparanoiado de que ambos de nosotros estábamos metidos en todo ese lío del robo y que por eso estábamos haciendo como que nos preocupábamos. Por esa razón, no nos quería ver nunca más cerca de su casa ni de ellos. Intentamos hacerle entender que nosotros no teníamos nada que ver, y que como amigos suyos que creíamos que éramos, sólo nos queríamos asegurar de que estaban bien y que les intentaríamos ayudar en lo que pudiéramos. Pero el chico cada vez se ponía más y más nervioso y de mala leche hasta que era realmente agresivo hacia nosotros.

Estuvimos varios días contactando con ellos. Ambos seguían del mismo humor hasta que decidimos que era mejor dejarlos en paz. Y así hasta el día de hoy, no volvimos a saber de ellos, salvo que acabaron mudándose a una ciudad italiana.

De esa forma, otra vez, las amistades se diluyeron en el ambiente como lo hacen las nubes de tina cuando la fumábamos.

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